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La nieta del Señor Linh
Philippe Claudel

Cuando todo parece perdido, cuando creemos que todo esta dicho, escrito, y oído, cuando la esperanza parece haber desaparecido del alma y las atrocidades y el desamparo son la única seña de identidad del ser humano, surge esta novela, este cuento que es casi una fabula sobre la condición humana en la más absoluta soledad. Es la historia de los refugiados, pero también lo es de todos los seres sin hogar, de los marginados que viven en una ciudad cualquiera, de un país cualquiera, anodino, de un país sin olor, sin sabor, sin calor, donde la gente pasa “como un rebaño ciego y sordo”, no hay alegría en los ojos, no hay sonrisa en la mirada, hay prisa por llegar, aunque ese llegar sea a ninguna parte.



Este cuento es un cuento filosófico, una metáfora de nuestro tiempo, escrita con sencillez magistral, donde el narrador se desliza con su personaje en un camino trazado a pinceladas, en un cuadro oriental que recuerda mucho a Baricco.

Pero esta, no es sólo una historia de nostalgia y melancolía, es también una historia de amistad, la surgida entre el señor Linh y el señor Bark, “el hombre gordo”, ambos ancianos, ambos solitarios. Es una amistad trenzada de recuerdos, con palabras serenas, calladas, conocidas aunque no se entienda la lengua en la que son pronunciadas. Ambos viven por el reencuentro de cada día, por paliar un poco la tremenda soledad en la que viven. Juntos se cuentan lo más importante de sus vidas, hablan de la aldea, de los hijos, de la dulce mañana “Sang Diu”, de los tranquilos amaneceres, de la gente sencilla y amigable, de la esposa que se fue. Cada día el señor Linh pasea hasta el banco donde se encontrara con su amigo.

Claudel escoge, con su narrador omnisciente, situarse del lado del señor Linh, ser la voz y la palabra del viejo para narrar la realidad de nuestro tiempo. Con un estilo depuradísimo carente de adjetivos, utiliza las palabras justas. Tan minimalista como un jardín Zen, su historia esta hecha de claroscuros, la realidad atroz contrasta con la infinita ternura con la que acompaña a su nieta, con la canción que le canta para que no olvide la carencia de su lengua. No es una historia facilona, simplista, sino una carga de profundidad hacia el corazón de Occidente y el estado del bienestar. Es dulce, pero hiriente, lírica y atroz, desgarradora y conmovedora, pero ante todo bella, tanto que por momentos dudaremos si estamos ante una novela o un poema cargado de sensaciones e imágenes bellísimas.

Los personajes no admiten en la novela corta un desarrollo psicológico exhaustivo, casi no sabemos nada de ellos, sólo lo que nos han querido confesar tímidamente, despacio, entre humo de un cigarrillo mentolado, a medida que hemos ido ganando su confianza. Podemos intuir que el señor Linh era un humilde campesino, tranquilo, que vivía en una aldea de algún lugar de Oriente, que su casa era de paja y que tenía una mujer y un hijo. Todo lo sabemos por una foto amarillenta que desliza entre sus rugosos dedos, entre sus agrietadas manos, de quién ha trabajado duro y contempla el mundo con sus acuosos ojos, los de quién ha sufrido y lo ha perdido todo. Una sonrisa leve, un nudo en el estómago que estrangula la garganta y un “gracias” apenas audible. Las que le damos a Claudel por esta maravillosa obra.

© Revista Higienistas, 2009